El último golpe – relato negro

Un “relato negro” enfocado desde el punto de vista del delincuente. Publicado en 2004 en el libro “Cinco pequeños relatos” del Ateneo Libertario Argumentando de Salamanca, bajo el seudónimo de “Bigote de Gamba”


La calle estaba desierta, y Zape bajo la sombra de los balcones esperaba paciente. Debajo de su chaqueta apresada por el cinto tenía su colt. No había motivo aparente para traerla, pero prefería no ir desarmado. Miró el reloj, las dos y media, la hora convenida. A su alrededor los negocios estaban cerrados, y el sol deslumbraba a Zape después de tres días de penumbras y lluvia. ¿Llegaría Tore a la cita? Hacía casi un año que no lo veía, desde el golpe a la Caja Rural de Frómista. Está algo mayor para esto, pensó Zape. El Tore debía rondar los cuarenta y cinco años, quizá más. Pero era una apuesta segura, era un veterano, y una persona de confianza, de esos que no hablan en comisaría así les maten. Recordó cuando hace algunos años hirieron a Tore y le enchironaron, nunca habló de los demás compañeros, y por eso tragó íntegros cuatro años de condena por asalto a mano armada y resistencia a la autoridad.

Zape sacó un cigarro y observó como dos personas habían doblado la esquina y se acercaban a él rápidamente. Encendió el fiti y observó la desgarbada figura del Tore, con su chupado rostro semi oculto por las solapas del abrigo. A su acompañante no le conocía. Era un joven de aspecto triste, pero sus ojos le gustaron porque reflejaban una gran determinación, sin parecer desesperado. Cuando los dos llegaron hasta él Tore levantó las cejas por todo saludo.

-¿Y ahora qué?

-Zape le preguntó:

-¿Quién es él?

Tore miró al joven un segundo y le dijo a Zape:

-Vendrá con nosotros, es de confianza. Rodri no puedo venir, tiene otros planes.

Bueno, si Tore confiaba en él no había más que hablar. Los tres fueron hacia el coche de Zape pasando inadvertidos entre los pocos peatones de las calles. Zape hubiera preferido a Rodri, pero ya no volvió a pensar más en ello. Había mucho trabajo por hacer.

Había alquilado un segundo piso en la calle Ramón y Cajal, frente al objetivo: una sucursal del Caja Duero. Se podía aparcar en doble fila fácilmente ya que no había mucho tráfico, la calle era de dos carriles y doble sentido, y a dos manzanas de allí podían internarse en el barrio de San Julián y perder el rastro. Después huirían a un “refugio”, una casita de campo, a pocos quilómetros de la ciudad. Vivieron una semana en el piso, vigilando los movimientos de entrada y salida, el número de guardias, la frecuencia de paso de coches patrulla, el número de clientes según las horas,… solo Pedro, el joven que había traído el Tore, salía a la calle, ya que no tenía antecedentes, ni le buscaban como al Tore. Los otros no debían salir salvo que fuera estrictamente necesario. Una tarde estando Zape  y Tore en la casa, ya que Pedro había salido a comprar comida, tabaco, y una botella de ron por encargo del viejo Tore, este sacó la conversación del coche.

-Oye Zape, tu Marbella es un zaleo. Necesitamos algo más potente.

Zape, que observaba la calle tapado por las cortinillas, estaba fumando otro marlboro dejando caer la ceniza al suelo.

-Bueno, pues habrá que buscar otro.

Tore se entretenía en hacer un solitario en la mesilla, con el brasero encendido. Zape siguió hablando.

-Tú no puedes arriesgarte. ¿Pedro sabe levantar coches?

-Pregúntaselo a él.

­-Oye, ¿de dónde lo has sacado? Si no tiene experiencia puede causarnos problemas.

-Ya ha dado algún golpe, algo sabe, hombre. Antes no eras tan mirado para estas cosas. Tienes miedo- le dijo Tore levantando la mirada con una media sonrisa.

-Este es mi último golpe, después de esto me retiro.

-Irene te espera ¿eh?- y Tore rió chistoso mirándole unos segundos. Luego volvió a su solitario y le dijo:

-No será el último Zape. No sabes hacer otra cosa. Mírame a mí. Solo puedo morir a plomo.

-¿Cómo está Vanessa?

Tore contestó al momento bufando.

-Bah- y volvió a lo suyo. Zape sabía que había tocado un punto caliente. Hacía muchos años que el Tore no veía a su ex mujer ni a su hija. No debía haber dicho nada, si Tore quería morir a plomo, era su problema. Zape contempló al viejo con algo de lástima. Ya no sabía dejar esto, empezar de nuevo. Lo intentó una vez y fracasó. Pero él si podría.

-Este es mi último atraco- repitió en alto. Tore no dijo nada, solo rió entre dientes.

Pasaron unos segundos en silencio. Zape molesto apagó su cigarro con la suela y encendió otro. EN la calle la gente normal cruzaba  frente a  la ventana uno tras otro, bien vestidos, con gestos diferentes. Él los notaba altivos. Zape sin saber por qué odiaba a la clase media, les veía con una vida hecha, con seguridad, sin miedos, si problemas con la policía, sin un pasado oscuro… Él después del atraco a la farmacia a los diecisiete años ya estaba condenado a mirar constantemente hacia atrás.

-¿De dónde has sacado a Pedro?

-Es de los Ascasos.

-¿Quiénes son esos?

-Anarquistas.

Zape observó el capullo encendido de su cigarro.

-Nos puede dar problemas. No me gusta eso. Se le puede ir la cabeza.

-Tranquilo hombre. Yo he trabajado una vez con él y me han hablado bien. Es de fiar, de esos que no hablan en comisaría.

-Eso no se sabe hasta que  no le cojan.

-Ya- cedió el Tore- bueno, pues esta noche vais los dos a por otro carro.

-A ver como se porta el chico- dijo Zape, algo molesto por cómo iban saliendo las cosas.

Zape apartó el plástico de la ventanilla y Pedro con una fina varilla curvada en el extremo hurgó hasta que encontró el pestillo. Tiró para arriba y la puerta se desbloqueó. Efectivamente el chaval sabía, pero el puente prefirió hacerlo él- En poco tiempo el motor estaba en marcha. Pedro se puso al volante del Renault Coupé. Lo aparcarían en alguna calle discreta del barrio, no había tiempo ni lugar para cambiar la matrícula, ya que pasado mañana era el día elegido para el golpe: un sábado, el segundo día del mes. Lo harían en el momento de la apretura.

-¿Cuánto calculas que sacaremos?- le preguntó Pedro a Zape mientras doblaba una esquina buscando aparcamiento.

-¿En total? Quizá unos cien kilos, esto es una ciudad, no un pueblecito. Más arriesgado, pero más botín.

-33 millones para cada uno- dijo Pedro.

-Quizá más, quizá menos- le dijo Zape sonriente. Le gustaba el interés del muchacho. El dinero vuelve a la gente más valiente a la hora del jaleo, y eso era bueno- Y tú, ¿qué piensas hacer cuando seas rico?

-El dinero no es para mí.

-¿Entonces?

-Pues que no es para mí- respondió Pedro visiblemente molesto.

-Bueno hombre, solo es una pregunta, yo no quiero meterme donde no me llaman.

-Además detesto a los ricos.

Pasaron unos segundos en un silencio incómodo. Al fin encontraron un sitio libre entre una furgoneta y un turismo. Pedro buscó el lugar a propósito para tener las dos matrículas más o menos ocultas, un detalle que  agradó a Zape. Pedro le preguntó:

-¿Y tú, que piensas hacer con el dinero?

­-Me iré al campo. Me compraré una casita en un lugar apartado y viviré tranquilo. Este es mi último golpe, chico.

-Es un bonito plan, empezar una vida nueva, tener hijos, eso me gustaría.

A Zape le parecía una persona demasiado joven para pensar en eso, pero no dijo nada. Bajó del coche  y encendió un cigarro. Volvieron para casa intentando orientarse. Zape conocía algo la ciudad pero nunca había estado por esa zona. Tardaron quince minutos en llegar al piso. En el camino de vuelta apenas hablaron, y Zape pensó en Irene. Ella le esperaba desde hacía un año. Ya la había prometido dos veces que sería el atraco definitivo, pero ninguna de las dos veces le pareció suficiente dinero para los planes que tenían. Y para él era muy fácil gastar el dinero, extremadamente fácil, sobre todo con un nuevo golpe a la vista. Pero eso se acabó, le había prometido a Irene que aunque no sacara nada lo dejaría definitivamente. Lo único que le importaba era ella, eso lo tenía muy claro. Á él no le importaba vivir así, en la cuerda floja como decía ella, pero no quería hacerla daño, era lo único bueno que había tenido en la vida, lo único que valía lo suficiente como para tener valor para dejar esto.

Cuando llegaron a casa encontraron al Tore completamente borracho. Había acabado la botella de ron y estaba lanzando su puñal a la puerta del servicio. La mesilla tenía el brasero encendido y la faldilla levantada, y el balcón estaba entornado dejando entrar el gélido aire del invierno castellano.

-¿De dónde has sacado eso? – le preguntó Zape señalando una botella de tequila casi sin empezar que estaba tirada en el suelo. No tenía que haber salido a la calle.

Tore le miró sonriente, hizo el gesto de lanzarle el puñal y se echó a reír. Zape no se sobresaltó sino que cerró el balcón. Pedro que observaba la escena desde la puerta, cogió la botella de tequila y se sentó en el brasero a beber.

-Espero que no hayas hecho ruido.

-¡Puesh claro que no! ¿Por quién me tomash?

Zape que se había emborrachado varias veces con Tore, recordaba sus sonoras carcajadas cuando estaba embriagado por el alcohol. Hay que reconocer que el viejo controla, se dijo para sí, viéndole lanzar el puñal en silencio.

-¿Qué tal ha ido todo?- les preguntó.

-Bien hombre, bien. Esperemos que no te dure la resaca hasta el sábado.

El Tore se echó a reír alegre.

-¡Eshtaría bueno!

Al día siguiente, la víspera del atraco, lo pasaron en casa engrasando las armas y preparando la bolsa de viaje de cada uno, con sus objetos personales, y otra bolsa para el botín. Zape tenía su Colt, con bastante munición. Era más para hacer ruido que para matar a nadie. Pedro llevaría encima una beretta. Tore llevaba su recortada; fue su primer arma que adquirió después de su salida de prisión hace cinco años, y le tenía un cariño especial.

Cuando el primer empleado dobló la esquina de la calle Zape fumaba muy cerca de la puerta, y el Tore aparentaba leer un periódico en la otra acera. A las siete y cincuenta y seis el empleado abrió la puerta. Zape entró detrás de él. Le dijo que no podía entrar pero enmudeció al ver la pistola apuntándole. Los dos entraron dentro y Tore cruzó la calle colocándose en el mismo lugar que antes ocupara Zape. El primer empleado solía encender las luces y preparar el local para su apertura pero ese día estaba sentado, esposado y amordazado. Ahora tenían que esperar unos segundos hasta la llegada del vigilante y del director, que conocía la clave de la caja fuerte. Eligieron esa hora porque la caja solo se puede abrir con la clave dos veces al día, al abrir y al cerrar el banco. Pedro, que le había tocado conducir jugando a los chinos, daba vueltas a la manzana. Enfiló la calle y al ver a Tore al lado de la puerta comprendió que esperaban ya al director. Paró en doble fila. Pasaron un par de minutos y varios coches le empezaron a pitar. Tore le hizo un gesto y Pedro siguió la marcha. En esos momentos el guardia jurado y el director de la sucursal venían hablando hacia el banco. Tore acarició la culata de su recortada, que escondía bajo su gabardina gris. Zape estaba oculto de modo que no se le viera desde fuera del local por los ventanales. Cuando el director llegó a la puerta la empujó y traspasó el umbral con el guardia, y Tore detrás de ellos. Zape encañonó al director, y el guardia no pudo desenfundar ya que una mano agarraba su cartuchera, y notaba la siniestra presión de un cañón  apretando su espalda a la altura de los riñones. Tore encadenó al guardia con sus propias esposas, le amordazó y le tiró la pistola al fondo de la sala.

Zape tuvo que golpear al director, pero este tampoco se resistió mucho y enseguida abrió la caja. El dinero no lo pierde él, pensó Zape. Metieron todo el dinero en  la bolsa. Había mucho menos de lo esperado. Obligaron a los dos a entrar en la caja y los encerraron. El empleado quedó atado detrás de las ventanillas de atención al cliente. Ocultaron las armas, salieron a la calle y cerraron el local con las llaves del empleado. No habían tardado mas de ocho minutos. Y el coche no estaba allí.

-¿Cuánto tarda en dar una vuelta?- masculló Tore.

A los pocos segundos apareció Pedro al volante del Renault, paró a su lado y los dos montaron. En ese momento empezaron a sonar las sirenas de algún coche patrulla a lo lejos de la ciudad. Pedro arrancó y se dirigió al barrio de San Julián.

-¡Mierda! ¿Habrá dado alguien la alarma?- dijo Tore.

-¿Será por nosotros?- dijo Zape mirando para atrás.

Pedro pisó el acelerador, pero no demasiado. Tore se quitó los guantes y los metió en la bolsa del dinero. Zape observó el gesto y le imitó. Encendió un cigarro.

-¡El tabaco te va a matar!- rió el Tore mirándole.

Observaron al final de la calle un coche patrulla avanzando lentamente en dirección contraria. El coche paró y un madero bajó mirándoles, moviendo los brazos de arriba abajo.

-¿Paro?- preguntó Pedro.

-Acércate despacio- le dijo el Tore.

Estando a su altura el madero con la mano en la cartuchera se agachó para hablar con Pedro, pero desde el asiento de atrás la recortada le hizo saltar hacia atrás tumbándole.

Pedro aceleró y tras ellos sonaron los disparos del compañero. Los cristales del coche se hicieron añicos. Zape disparó desde su ventana, con su cigarro en la boca. Doblaron la esquina a toda velocidad.

-¡Hay que dejar el coche!- gritó Pedro con pánico.

Zape se dio cuenta de que Tore sangraba de la cabeza a borbotones y vio como sin media palabra de desplomó sobre el asiento delantero.

-¡Mierda!- gritó varias veces Zape.

-¿Qué?- dijo Pedro asustándose aun más.

Pero Zape no respondió.

Las sirenas sonaban por todas partes. En una pequeña calle de un solo carril Pedro paró el coche en una salida de un parquin. Los dos salieron afuera y Pedro vio el cuerpo sin vida de Tore. Zape lo zarandeó para que le prestara atención. No tenían tiempo para repartir el dinero.

-¡Escúchame! Mañana en el Hotel Princesa a las siete de la tarde.

Y los dos partieron por su lado, Zape con la bolsa del dinero. Avanzó por las calles y a su lado pasaron dos coches patrulla a toda velocidad. Comprobó con manos temblorosas que no estaba manchado de sangre, relajó su respiración unos segundos, y entró en un Hostal de la Calle Mayor.

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SANGRIENTO ATRACO EN  RAMÓN Y CAJAL

A las 8 de la mañana de ayer dos desconocidos asaltaron la sucursal de Caja Duero situada en la calle Ramón y Cajal, obligando al director J.P.G. a abrir la caja, encerrándole luego dentro de ella. Un tercer delincuente les esperaba fuera en un “Renault Coupé” robado un día antes, en el que se pusieron a la fuga. Un vecino alertó de movimientos raros en el banco y los agentes del Cuerpo Nacional de Policía, al confirmarse las sospechas de un atraco, establecieron un amplio cerco en las calles cercanas. Los fugitivos al encuentro de los controles provocaron un tiroteo en el que cayó muerto el agente E.I.V. que recibirá sepultura esta misma tarde. Poco después se encontró el automóvil abandonado en los alrededores, con el cadáver de uno de los atracadores dentro. Se trata de Francisco Cabrera de la Torre, alias Tore, ex presidiario autor de treinta y ocho asaltos armados y de al menos cinco asesinatos en circunstancias parecidas, y que un mes antes del atraco había cumplido los cuarenta y tres años. Se desconoce la identidad de los otros dos atracadores, pero…

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Zape terminó de leer el artículo y miró a su alrededor. Estaba junto a unas cabinas al lado del Hotel Princesa. A pesar de su nombre era un hotelucho de dos estrellas, situado en un barrio obrero de la ciudad. Zape no había podido dormir en toda la noche pensando en la muerte del Tore. Era un gran compañero, en poca gente podía confiar tanto como en él. El viejo había muerto como quería, a plomo. Su parte del botín se la daría a su familia, dijera lo que dijera Pedro. En ese momento se paró a su lado el muchacho, también con ojeras. Zape le vio asustado y su cara parecía decir a las claras que ocultaba algo. Allá él. Le explicó lo que había decidido hacer con la parte del Tore, y Pedro no lo discutió, dijo que le parecía bien. Tiene corazón, pensó Zape, o es demasiado ingenuo.

-¿Cuánto cada parte?- le preguntó.

-Casi siete quilos, no había casi nada en la caja.

Pedro le miró incrédulo.

-Es verdad.

Pedro puso cara de indiferencia. Estaba demasiado asustado como para discutir por eso.

-Al venir aquí- le dijo Zape antes de despedirse- el taxista me exigió diez mil pelas.

-¿Qué?

-Vio mi arma.

-Y se las diste.- dijo Zape asombrado.

-Claro.

-Haberle disparado joder- le dijo Zape.

-Lo pensé. Yo me hubiera ido ya está, pero tú estabas aquí y te podían haber cogido. Además, una vida no vale diez talegos, joder.

Zape le dio la bolsa que contenía su parte.

-Buena suerte chico.

-Salud- dijo Pedro, y se separaron para siempre.

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DETENIDO UNO DE LOS DOS ATRACADORES FUGADOS

Ayer, gracias a la colaboración ciudadana, pudo ser detenido en el Hotel Libia Pedro Joaquín Romo, de veintiún años, encontrándose en su poder una tercera parte del botín sustraído en el atraco del sábado, además de un arma de fuego y panfletos políticos de ideología anarquista. Un portavoz del Cuerpo Nacional de Policía ha declarado esta mañana a los medios: “confiamos en poder encontrar al tercer miembro de la banda, que continúa estando en paradero desconocido…

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Zape arrojó el periódico a los asientos de atrás y se concentró en la carretera. A su lado tenía un paquete con la parte de Tore, a nombre de su ex mujer. En cuanto llegara al refugio lo enviaría y podría descansar oculto una temporada. Tendría tiempo para decidir si dar otro golpe. Siete quilos no dan para mucho y su chica merecía una vida digna.

 

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