El último golpe – relato negro

Un “relato negro” enfocado desde el punto de vista del delincuente. Publicado en 2004 en el libro “Cinco pequeños relatos” del Ateneo Libertario Argumentando de Salamanca, bajo el seudónimo de “Bigote de Gamba”


La calle estaba desierta, y Zape bajo la sombra de los balcones esperaba paciente. Debajo de su chaqueta apresada por el cinto tenía su colt. No había motivo aparente para traerla, pero prefería no ir desarmado. Miró el reloj, las dos y media, la hora convenida. A su alrededor los negocios estaban cerrados, y el sol deslumbraba a Zape después de tres días de penumbras y lluvia. ¿Llegaría Tore a la cita? Hacía casi un año que no lo veía, desde el golpe a la Caja Rural de Frómista. Está algo mayor para esto, pensó Zape. El Tore debía rondar los cuarenta y cinco años, quizá más. Pero era una apuesta segura, era un veterano, y una persona de confianza, de esos que no hablan en comisaría así les maten. Recordó cuando hace algunos años hirieron a Tore y le enchironaron, nunca habló de los demás compañeros, y por eso tragó íntegros cuatro años de condena por asalto a mano armada y resistencia a la autoridad.

Zape sacó un cigarro y observó como dos personas habían doblado la esquina y se acercaban a él rápidamente. Encendió el fiti y observó la desgarbada figura del Tore, con su chupado rostro semi oculto por las solapas del abrigo. A su acompañante no le conocía. Era un joven de aspecto triste, pero sus ojos le gustaron porque reflejaban una gran determinación, sin parecer desesperado. Cuando los dos llegaron hasta él Tore levantó las cejas por todo saludo.

-¿Y ahora qué?

-Zape le preguntó:

-¿Quién es él?

Tore miró al joven un segundo y le dijo a Zape:

-Vendrá con nosotros, es de confianza. Rodri no puedo venir, tiene otros planes.

Bueno, si Tore confiaba en él no había más que hablar. Los tres fueron hacia el coche de Zape pasando inadvertidos entre los pocos peatones de las calles. Zape hubiera preferido a Rodri, pero ya no volvió a pensar más en ello. Había mucho trabajo por hacer.

Había alquilado un segundo piso en la calle Ramón y Cajal, frente al objetivo: una sucursal del Caja Duero. Se podía aparcar en doble fila fácilmente ya que no había mucho tráfico, la calle era de dos carriles y doble sentido, y a dos manzanas de allí podían internarse en el barrio de San Julián y perder el rastro. Después huirían a un “refugio”, una casita de campo, a pocos quilómetros de la ciudad. Vivieron una semana en el piso, vigilando los movimientos de entrada y salida, el número de guardias, la frecuencia de paso de coches patrulla, el número de clientes según las horas,… solo Pedro, el joven que había traído el Tore, salía a la calle, ya que no tenía antecedentes, ni le buscaban como al Tore. Los otros no debían salir salvo que fuera estrictamente necesario. Una tarde estando Zape  y Tore en la casa, ya que Pedro había salido a comprar comida, tabaco, y una botella de ron por encargo del viejo Tore, este sacó la conversación del coche.

-Oye Zape, tu Marbella es un zaleo. Necesitamos algo más potente.

Zape, que observaba la calle tapado por las cortinillas, estaba fumando otro marlboro dejando caer la ceniza al suelo.

-Bueno, pues habrá que buscar otro.

Tore se entretenía en hacer un solitario en la mesilla, con el brasero encendido. Zape siguió hablando.

-Tú no puedes arriesgarte. ¿Pedro sabe levantar coches?

-Pregúntaselo a él.

­-Oye, ¿de dónde lo has sacado? Si no tiene experiencia puede causarnos problemas.

-Ya ha dado algún golpe, algo sabe, hombre. Antes no eras tan mirado para estas cosas. Tienes miedo- le dijo Tore levantando la mirada con una media sonrisa.

-Este es mi último golpe, después de esto me retiro.

-Irene te espera ¿eh?- y Tore rió chistoso mirándole unos segundos. Luego volvió a su solitario y le dijo:

-No será el último Zape. No sabes hacer otra cosa. Mírame a mí. Solo puedo morir a plomo.

-¿Cómo está Vanessa?

Tore contestó al momento bufando.

-Bah- y volvió a lo suyo. Zape sabía que había tocado un punto caliente. Hacía muchos años que el Tore no veía a su ex mujer ni a su hija. No debía haber dicho nada, si Tore quería morir a plomo, era su problema. Zape contempló al viejo con algo de lástima. Ya no sabía dejar esto, empezar de nuevo. Lo intentó una vez y fracasó. Pero él si podría.

-Este es mi último atraco- repitió en alto. Tore no dijo nada, solo rió entre dientes.

Pasaron unos segundos en silencio. Zape molesto apagó su cigarro con la suela y encendió otro. EN la calle la gente normal cruzaba  frente a  la ventana uno tras otro, bien vestidos, con gestos diferentes. Él los notaba altivos. Zape sin saber por qué odiaba a la clase media, les veía con una vida hecha, con seguridad, sin miedos, si problemas con la policía, sin un pasado oscuro… Él después del atraco a la farmacia a los diecisiete años ya estaba condenado a mirar constantemente hacia atrás.

-¿De dónde has sacado a Pedro?

-Es de los Ascasos.

-¿Quiénes son esos?

-Anarquistas.

Zape observó el capullo encendido de su cigarro.

-Nos puede dar problemas. No me gusta eso. Se le puede ir la cabeza.

-Tranquilo hombre. Yo he trabajado una vez con él y me han hablado bien. Es de fiar, de esos que no hablan en comisaría.

-Eso no se sabe hasta que  no le cojan.

-Ya- cedió el Tore- bueno, pues esta noche vais los dos a por otro carro.

-A ver como se porta el chico- dijo Zape, algo molesto por cómo iban saliendo las cosas.

Zape apartó el plástico de la ventanilla y Pedro con una fina varilla curvada en el extremo hurgó hasta que encontró el pestillo. Tiró para arriba y la puerta se desbloqueó. Efectivamente el chaval sabía, pero el puente prefirió hacerlo él- En poco tiempo el motor estaba en marcha. Pedro se puso al volante del Renault Coupé. Lo aparcarían en alguna calle discreta del barrio, no había tiempo ni lugar para cambiar la matrícula, ya que pasado mañana era el día elegido para el golpe: un sábado, el segundo día del mes. Lo harían en el momento de la apretura.

-¿Cuánto calculas que sacaremos?- le preguntó Pedro a Zape mientras doblaba una esquina buscando aparcamiento.

-¿En total? Quizá unos cien kilos, esto es una ciudad, no un pueblecito. Más arriesgado, pero más botín.

-33 millones para cada uno- dijo Pedro.

-Quizá más, quizá menos- le dijo Zape sonriente. Le gustaba el interés del muchacho. El dinero vuelve a la gente más valiente a la hora del jaleo, y eso era bueno- Y tú, ¿qué piensas hacer cuando seas rico?

-El dinero no es para mí.

-¿Entonces?

-Pues que no es para mí- respondió Pedro visiblemente molesto.

-Bueno hombre, solo es una pregunta, yo no quiero meterme donde no me llaman.

-Además detesto a los ricos.

Pasaron unos segundos en un silencio incómodo. Al fin encontraron un sitio libre entre una furgoneta y un turismo. Pedro buscó el lugar a propósito para tener las dos matrículas más o menos ocultas, un detalle que  agradó a Zape. Pedro le preguntó:

-¿Y tú, que piensas hacer con el dinero?

­-Me iré al campo. Me compraré una casita en un lugar apartado y viviré tranquilo. Este es mi último golpe, chico.

-Es un bonito plan, empezar una vida nueva, tener hijos, eso me gustaría.

A Zape le parecía una persona demasiado joven para pensar en eso, pero no dijo nada. Bajó del coche  y encendió un cigarro. Volvieron para casa intentando orientarse. Zape conocía algo la ciudad pero nunca había estado por esa zona. Tardaron quince minutos en llegar al piso. En el camino de vuelta apenas hablaron, y Zape pensó en Irene. Ella le esperaba desde hacía un año. Ya la había prometido dos veces que sería el atraco definitivo, pero ninguna de las dos veces le pareció suficiente dinero para los planes que tenían. Y para él era muy fácil gastar el dinero, extremadamente fácil, sobre todo con un nuevo golpe a la vista. Pero eso se acabó, le había prometido a Irene que aunque no sacara nada lo dejaría definitivamente. Lo único que le importaba era ella, eso lo tenía muy claro. Á él no le importaba vivir así, en la cuerda floja como decía ella, pero no quería hacerla daño, era lo único bueno que había tenido en la vida, lo único que valía lo suficiente como para tener valor para dejar esto.

Cuando llegaron a casa encontraron al Tore completamente borracho. Había acabado la botella de ron y estaba lanzando su puñal a la puerta del servicio. La mesilla tenía el brasero encendido y la faldilla levantada, y el balcón estaba entornado dejando entrar el gélido aire del invierno castellano.

-¿De dónde has sacado eso? – le preguntó Zape señalando una botella de tequila casi sin empezar que estaba tirada en el suelo. No tenía que haber salido a la calle.

Tore le miró sonriente, hizo el gesto de lanzarle el puñal y se echó a reír. Zape no se sobresaltó sino que cerró el balcón. Pedro que observaba la escena desde la puerta, cogió la botella de tequila y se sentó en el brasero a beber.

-Espero que no hayas hecho ruido.

-¡Puesh claro que no! ¿Por quién me tomash?

Zape que se había emborrachado varias veces con Tore, recordaba sus sonoras carcajadas cuando estaba embriagado por el alcohol. Hay que reconocer que el viejo controla, se dijo para sí, viéndole lanzar el puñal en silencio.

-¿Qué tal ha ido todo?- les preguntó.

-Bien hombre, bien. Esperemos que no te dure la resaca hasta el sábado.

El Tore se echó a reír alegre.

-¡Eshtaría bueno!

Al día siguiente, la víspera del atraco, lo pasaron en casa engrasando las armas y preparando la bolsa de viaje de cada uno, con sus objetos personales, y otra bolsa para el botín. Zape tenía su Colt, con bastante munición. Era más para hacer ruido que para matar a nadie. Pedro llevaría encima una beretta. Tore llevaba su recortada; fue su primer arma que adquirió después de su salida de prisión hace cinco años, y le tenía un cariño especial.

Cuando el primer empleado dobló la esquina de la calle Zape fumaba muy cerca de la puerta, y el Tore aparentaba leer un periódico en la otra acera. A las siete y cincuenta y seis el empleado abrió la puerta. Zape entró detrás de él. Le dijo que no podía entrar pero enmudeció al ver la pistola apuntándole. Los dos entraron dentro y Tore cruzó la calle colocándose en el mismo lugar que antes ocupara Zape. El primer empleado solía encender las luces y preparar el local para su apertura pero ese día estaba sentado, esposado y amordazado. Ahora tenían que esperar unos segundos hasta la llegada del vigilante y del director, que conocía la clave de la caja fuerte. Eligieron esa hora porque la caja solo se puede abrir con la clave dos veces al día, al abrir y al cerrar el banco. Pedro, que le había tocado conducir jugando a los chinos, daba vueltas a la manzana. Enfiló la calle y al ver a Tore al lado de la puerta comprendió que esperaban ya al director. Paró en doble fila. Pasaron un par de minutos y varios coches le empezaron a pitar. Tore le hizo un gesto y Pedro siguió la marcha. En esos momentos el guardia jurado y el director de la sucursal venían hablando hacia el banco. Tore acarició la culata de su recortada, que escondía bajo su gabardina gris. Zape estaba oculto de modo que no se le viera desde fuera del local por los ventanales. Cuando el director llegó a la puerta la empujó y traspasó el umbral con el guardia, y Tore detrás de ellos. Zape encañonó al director, y el guardia no pudo desenfundar ya que una mano agarraba su cartuchera, y notaba la siniestra presión de un cañón  apretando su espalda a la altura de los riñones. Tore encadenó al guardia con sus propias esposas, le amordazó y le tiró la pistola al fondo de la sala.

Zape tuvo que golpear al director, pero este tampoco se resistió mucho y enseguida abrió la caja. El dinero no lo pierde él, pensó Zape. Metieron todo el dinero en  la bolsa. Había mucho menos de lo esperado. Obligaron a los dos a entrar en la caja y los encerraron. El empleado quedó atado detrás de las ventanillas de atención al cliente. Ocultaron las armas, salieron a la calle y cerraron el local con las llaves del empleado. No habían tardado mas de ocho minutos. Y el coche no estaba allí.

-¿Cuánto tarda en dar una vuelta?- masculló Tore.

A los pocos segundos apareció Pedro al volante del Renault, paró a su lado y los dos montaron. En ese momento empezaron a sonar las sirenas de algún coche patrulla a lo lejos de la ciudad. Pedro arrancó y se dirigió al barrio de San Julián.

-¡Mierda! ¿Habrá dado alguien la alarma?- dijo Tore.

-¿Será por nosotros?- dijo Zape mirando para atrás.

Pedro pisó el acelerador, pero no demasiado. Tore se quitó los guantes y los metió en la bolsa del dinero. Zape observó el gesto y le imitó. Encendió un cigarro.

-¡El tabaco te va a matar!- rió el Tore mirándole.

Observaron al final de la calle un coche patrulla avanzando lentamente en dirección contraria. El coche paró y un madero bajó mirándoles, moviendo los brazos de arriba abajo.

-¿Paro?- preguntó Pedro.

-Acércate despacio- le dijo el Tore.

Estando a su altura el madero con la mano en la cartuchera se agachó para hablar con Pedro, pero desde el asiento de atrás la recortada le hizo saltar hacia atrás tumbándole.

Pedro aceleró y tras ellos sonaron los disparos del compañero. Los cristales del coche se hicieron añicos. Zape disparó desde su ventana, con su cigarro en la boca. Doblaron la esquina a toda velocidad.

-¡Hay que dejar el coche!- gritó Pedro con pánico.

Zape se dio cuenta de que Tore sangraba de la cabeza a borbotones y vio como sin media palabra de desplomó sobre el asiento delantero.

-¡Mierda!- gritó varias veces Zape.

-¿Qué?- dijo Pedro asustándose aun más.

Pero Zape no respondió.

Las sirenas sonaban por todas partes. En una pequeña calle de un solo carril Pedro paró el coche en una salida de un parquin. Los dos salieron afuera y Pedro vio el cuerpo sin vida de Tore. Zape lo zarandeó para que le prestara atención. No tenían tiempo para repartir el dinero.

-¡Escúchame! Mañana en el Hotel Princesa a las siete de la tarde.

Y los dos partieron por su lado, Zape con la bolsa del dinero. Avanzó por las calles y a su lado pasaron dos coches patrulla a toda velocidad. Comprobó con manos temblorosas que no estaba manchado de sangre, relajó su respiración unos segundos, y entró en un Hostal de la Calle Mayor.

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SANGRIENTO ATRACO EN  RAMÓN Y CAJAL

A las 8 de la mañana de ayer dos desconocidos asaltaron la sucursal de Caja Duero situada en la calle Ramón y Cajal, obligando al director J.P.G. a abrir la caja, encerrándole luego dentro de ella. Un tercer delincuente les esperaba fuera en un “Renault Coupé” robado un día antes, en el que se pusieron a la fuga. Un vecino alertó de movimientos raros en el banco y los agentes del Cuerpo Nacional de Policía, al confirmarse las sospechas de un atraco, establecieron un amplio cerco en las calles cercanas. Los fugitivos al encuentro de los controles provocaron un tiroteo en el que cayó muerto el agente E.I.V. que recibirá sepultura esta misma tarde. Poco después se encontró el automóvil abandonado en los alrededores, con el cadáver de uno de los atracadores dentro. Se trata de Francisco Cabrera de la Torre, alias Tore, ex presidiario autor de treinta y ocho asaltos armados y de al menos cinco asesinatos en circunstancias parecidas, y que un mes antes del atraco había cumplido los cuarenta y tres años. Se desconoce la identidad de los otros dos atracadores, pero…

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Zape terminó de leer el artículo y miró a su alrededor. Estaba junto a unas cabinas al lado del Hotel Princesa. A pesar de su nombre era un hotelucho de dos estrellas, situado en un barrio obrero de la ciudad. Zape no había podido dormir en toda la noche pensando en la muerte del Tore. Era un gran compañero, en poca gente podía confiar tanto como en él. El viejo había muerto como quería, a plomo. Su parte del botín se la daría a su familia, dijera lo que dijera Pedro. En ese momento se paró a su lado el muchacho, también con ojeras. Zape le vio asustado y su cara parecía decir a las claras que ocultaba algo. Allá él. Le explicó lo que había decidido hacer con la parte del Tore, y Pedro no lo discutió, dijo que le parecía bien. Tiene corazón, pensó Zape, o es demasiado ingenuo.

-¿Cuánto cada parte?- le preguntó.

-Casi siete quilos, no había casi nada en la caja.

Pedro le miró incrédulo.

-Es verdad.

Pedro puso cara de indiferencia. Estaba demasiado asustado como para discutir por eso.

-Al venir aquí- le dijo Zape antes de despedirse- el taxista me exigió diez mil pelas.

-¿Qué?

-Vio mi arma.

-Y se las diste.- dijo Zape asombrado.

-Claro.

-Haberle disparado joder- le dijo Zape.

-Lo pensé. Yo me hubiera ido ya está, pero tú estabas aquí y te podían haber cogido. Además, una vida no vale diez talegos, joder.

Zape le dio la bolsa que contenía su parte.

-Buena suerte chico.

-Salud- dijo Pedro, y se separaron para siempre.

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DETENIDO UNO DE LOS DOS ATRACADORES FUGADOS

Ayer, gracias a la colaboración ciudadana, pudo ser detenido en el Hotel Libia Pedro Joaquín Romo, de veintiún años, encontrándose en su poder una tercera parte del botín sustraído en el atraco del sábado, además de un arma de fuego y panfletos políticos de ideología anarquista. Un portavoz del Cuerpo Nacional de Policía ha declarado esta mañana a los medios: “confiamos en poder encontrar al tercer miembro de la banda, que continúa estando en paradero desconocido…

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Zape arrojó el periódico a los asientos de atrás y se concentró en la carretera. A su lado tenía un paquete con la parte de Tore, a nombre de su ex mujer. En cuanto llegara al refugio lo enviaría y podría descansar oculto una temporada. Tendría tiempo para decidir si dar otro golpe. Siete quilos no dan para mucho y su chica merecía una vida digna.

 

Arbórea. Trilogía de la Ciudad Maldita – 2

Arboleda 14

(Fantasía épica pre->histórica. Enero 2018. 68 mil palabras; publicada con el seudónimo de Oscar Mazo)

Conseguir: en papel (9€)  / para kindle (3€)

SINOPSIS DE LA TRILOGÍA

Una devastadora plaga de langosta, sumada a una interminable sequía, provocan un éxodo masivo en la llanura de pueblos agricultores. Los abidankos viajan en agonizantes caravanas en busca de nuevas tierras.

Una parte de ellos huyen del hambre y la sed hacia Kelgaria, cordillera de dragones, un país montañoso habitado por tribus nómadas que desprecian la agricultura y la ganadería. Magilo, mercader especializado en escamas de dragón, huirá con su familia esperando ser acogido por sus salvajes amigos. Pero para que la tribu Búho les admita, su hija Kuma deberá unirse con Orinume, un joven cazador con dotes de líder.

En la columna de refugiados que se dirige al sur, en medio de esa huida desesperada y caótica por la supervivencia, aparecerá un profeta guerrero que traerá la estabilidad a un alto precio. El nuevo orden social, basado en castas y en la dominación de la mujer, será aceptado por una sociedad desestructurada que ante todo anhela seguridad.

Ese reino que está forjando el falso profeta comenzará a crecer mediante la esclavitud y la guerra amenazando con devorar a la naturaleza, las tribus libres y todo lo vivo y bello del mundo conocido. Kuma, Orinume, y su hermano Rigahe, un hosco jinete de dragón autoexiliado de la tribu, no podrán vivir ajenos por mucho tiempo al mal que les rodea, y decidirán luchar antes de que sea demasiado tarde.

Introducción a la segunda edición de Tras los pasos de Vuluma

Tras los pasos de Vuluma

Puede parecer inadecuado hablar de “segunda edición” con una novela que sólo se publica por amazon, pero hay dos cambios significativos que lo justifican. He introducido un elenco de personajes y una explicación de algunos términos tribales, para que los lectores no caigáis en confusiones que pudieran dificultar la lectura. Lo tenéis disponible al final de la novela, y existe un hipervínculo que os llevará directamente desde el índice de capítulos, al principio. El segundo añadido, con la misma intención de hacer la lectura más clara y ágil, es el mapa de Valle Musgo, lugar donde se desarrolla la historia en ésta primera parte de la trilogía.

LA CIUDAD MALDITA, UNA TRILOGÍA DE FANTASÍA ÉPICO-ANTROPOLÓGICA

 

Desde hace un tiempo y con Juego de Tronos como principal baluarte, la nueva fantasía se ha vuelto más realista y oscura. El género fantástico, o al menos una corriente importante dentro de él, ha dejado de lado la visión romántica donde el mal es vencido y sustituido por reyes benévolos que traen la armonía perdida y que son coronados por el pueblo entre lluvia de pétalos, clarines y trompetas. El género ha empezado a profundizar en el lado oscuro del ser humano, en las peleas de poder y en la total falta de moralidad de los que dirigen el cotarro. Yo quería ir un paso más allá y me he preguntado: ¿qué pasa con los de abajo? Quería hablar, no sólo de las conspiraciones y la despiadada violencia de los poderosos, sino también de cómo los de abajo, al menos los más valientes, se organizan para destruir la opresión. Me he inspirado en una fase del pasado que parece que, misteriosamente, apenas ha sido tocada en la literatura: el paso de la prehistoria a la Historia, la transformación de sociedades igualitarias (bien nómadas cazadoras recolectoras, bien agricultoras y ganaderas), a sociedades jerarquizadas. La aparición de la guerra, del dinero, de la esclavitud, del Templo y los dioses masculinos guerreros, de la cárcel, del patriarcado, de los ricos y pobres, de la destrucción de la naturaleza… Todas estas son cosas que empezaron a existir entre nosotras en un momento dado, en un cambio brusco y fundamental que sucedió en nuestro planeta hace apenas seis mil años, un suspiro si miramos atrás, si tenemos en cuenta los cientos de miles de años en los que el humano ha vivido en sociedades libres y armoniosas con su entorno. Sociedades que (comparadas con las que las agricultoras-ganaderas que las sucedieron), como se dice en la novela y como saben los antropólogos, se vivía más tiempo y se trabajaba mucho menos.

¿Y QUÉ HAY DE LA FANTASÍA?

La fantasía es mi pasión desde que era crío, y está muy viva en la obra. De pequeño fui lector insaciable de las Crónicas de la Dragonlance y de Tolkien, y en general mi género favorito ha sido la fantasía y la ciencia ficción. La fantasía clásica y moderna impregna toda mi historia. En éste caso he inspirado mi trilogía en leyendas y seres mitológicos de iberia y de las tribus amazónicas barís, cansado un poco de lo anglosajón, tan trillado.

Espero haber aportado algo al género y haber dado un empujoncito a la nueva corriente fantástico realista, y haber hecho justicia a esos personajes olvidados: el soldado, el campesino, el bárbaro, que suelen aparecer como marionetas sufridas, poco desarrolladas y de muerte fácil en otras novelas del género, afortunadamente más realista, pero quizá demasiado oscuro para los tiempos que corren.

Sin más, espero que disfrutéis de la lectura. Y recordad, como diría uno de mis personajes preferidos, el viejo druida Peregár*: muere el individuo, ¡pero el pueblo nunca muere!

DOS RECOMENDACIONES

 

Si queréis profundizar más en el tema de la jerarquización de las sociedades humanas, recomiendo “En la espiral  de la energía”, vol. 1, de Ramón Fernandez Durán y Luis Gonzalez Reyes.

*Y como también decía Agustín García Calvo, y aquí tenéis la segunda recomendación! 🙂

 

El cetro de Moctezuma – relato “elige tu propia aventura”

Historia publicada originalmente en Sttorybox

Primero os dejo un resumen de los hechos reales en los que está inspirada esta pequeña narración interactiva: el primer asalto pirata de consideración en América. El siguiente texto está extraído del libro “LOS HERMANOS DE LA COSTA. Piratería libertaria en el caribe” de Bernardo Fuster:

“Todo ocurrió en 1523. Florín estaba navegando por aguas americanas, en concreto por la Isla Tercera de Jamaica. Cortés acaba de saquear el palacio de Moctezuma. Tal y como lo cuenta Bernal en sus crónicas, Cortés se llevó joyas, oro, plata y el penacho y cetro del gobernante azteca.  Envía a Carlos V el botín obtenido, pero como viene haciendo desde un principio, el conquistador miente al monarca al ocultarle que ha fletado dos navíos más en los que manda a su familia una parte de las mercancías robadas.” … “Cortés puso al mando de esos navíos clandestinos a dos avezados pilotos: Quiñones y Ávila. Estos marinos parten de Veracruz y en vez de emprender viaje directo, como van por libre, hacen escala en la Isla Tercera de Jamaica, para gozar de una noche loca con las nativas, justo en la misma taberna en la que está Florín. Allí se emborrachan y se les va la lengua, presumiendo de la carga que llevan a bordo. Quiñones muere al amanecer de una puñalada que le da una prostituta y Ávila emprende el viaje en solitario.” … “Tras sacar los datos necesarios (Fleury, o Florín) sigue a Ávila y sus dos barcos y los asalta el 20 de diciembre de 1522 cerca del Cabo de San Vicente. Junto a los cuantiosísimos tesoros, entre los que se encuentra el famoso penacho de Moctezuma, Florín encuentra algo tan valioso o más si cabe, que todo el oro y la plata: consigue cantidad de planos marinos y terrestres de la zona, rutas de navegación e información hasta entonces desconocida en Europa.” … “La fama de las riquezas se extendió por toda Francia y el rey permitió a Florín volver a atacar a los españoles. La insistencia le cuesta cara, al ser apresado por corsarios vasco-españoles, al mando de Martín Perez de Irízar, que recibe a cambio un título nobiliario. La captura se produjo en las cercanías de las Islas Canarias. De allí fue trasladado a Cádiz, a pesar de que intentó comprar con parte de su fortuna al corsario que le había capturado. Tras ser juzgado en la Casa de Contrataciones de Sevilla fue ahorcado en Colmenar de Arenas. El ejemplo de Florín alimenta los rumores. Las noticias inconcretas, las leyendas y las presunciones pasan de golpe a ser realidades. Un escalofrío recorre palacios y tabernas. Ya no se trata de un sueño. Los mapas confirman todas las suposiciones. Se levanta la veda.”


 

El cetro de Moctezuma – elige tu propia aventura

 

-¡Ésto es un meadero de dromedarios! -dijo Fran al asomar la cabeza en el tugurio del callejón del gato, donde yo, Lázaro Gaylo, capitán del Rosaura, y cuatro de mis hombres, nos encontrábamos borrachos y olvidados de nuestra misión, en uno de los barrios más oscuros, misteriosos, intrincados, navajeros, malolientes y, por qué no decirlo, pintorescos de la vieja Habana. Fran había servido un par de años de alguacil en Argel y sabía lo que se hablaba, pero era un bocazas.
-Calla pisha, que la doña zabe eppañol -le dijo Paco el sevillano.
A pesar de sus palabras Paco solía ser el más canalla y faltón de la tripulación, y al decirlo tenía una sonrisa pícara.
-Que si tíos, que aquí solo hay putas que huelen a mierda de dromedario -dijo Fran animado por la sonrisa de Paco, y sus palabras se congelaron ante el brillo súbito de cuatro puñales en manos de cuatro mulatos de anchas espaldas y mirada sombría.

El impagable adiestramiento que da haber servido a las órdenes de  Hernán Cortés en la reciente campaña de Méjico, que llevó a la destrucción del imperio azteca, hicieron que rápidamente surgieran órdenes escuetas y precisas de mi imperial garganta.
-Fran, aquí- grité al que estaba más alejado- Torrens, desenfunda –grité a nuestro mejor espadachín, aunque ahora estuviera con dos vinos de más- Gómez, cubre la retaguardia –dije al que estaba más borracho para que no estorbara.
Rápidamente la compañía compuso la primera y clásica posición defensiva de los tercios españoles, un círculo como un puercoespín, erizado de floretes amenazantes. Cuando los bandidos, superiores en número y volumen de músculos por mayoría aplastante, se acercaron lo suficiente con sus machetes y puñales, inesperadamente y quizá por culpa del alcohol, Fran, el imbécil ex alguacil que había iniciado la pelea, soltó una rápida patada a los testículos del más grande y cercano de ellos, alcanzándolo de lleno. Mientras el negro soltaba un aullido de dolor aterrorizado y se derrumbaba con las manos en la entrepierna, enardecido por tal acto de heroísmo, grité:
-¡Santiago y cierra España!
Y avancé hacia el enemigo, pero mi resolución duró poco: mis hombres, sin avisarme, habían emprendido la segunda y también clásica maniobra defensiva española: la retirada táctica. Y mientras oía el eco de sus pasos perdiéndose en el callejón y un lejano “maricón er úrtimo” de la inconfundible voz de Paco el sevillano, los matones se reponían de la sorpresa y me rodeaban ocupando la puerta de salida. Retrocedí apoyando la espalda contra la pared de adobe del prostíbulo buscando en vano algún sitio donde poder huir.
La pelea fue breve. Lancé un par de estocadas y al menos una acarició la piel de uno de los bandidos, pero fue tan leve que la visión de la sangre solo consiguió enfuerecrle. Mientras estaba paralizado por el miedo de ver su cara endiablada y su lengua roja dentro de ese rostro totalmente negro, otro bandido por la espalda me golpeó con algo duro y pesado. En un instante me ví en el suelo. En dos perdí el conocimiento.
Lo recuperé poco después cuando me cayó un cubo de agua en la cara, y vi sobre mí a cinco, siete, doce cabezas que sonreían con malicia y se urgaban con afiladas puntas metálicas entre los dientes.
-Saquémosle las uñas con astillas, y hagamos que coma sus propios testículos -dijo una voz.
-Matémosle ya, pueden venir sus amigos -dijo otro.
-Llevémosle a la choza del manco, allí podremos jugar con él -dijo la primera voz, siniestramente infantil y suplicante.
-Creo que es de buena familia, podemos pedir oro por su rescate.
En tan desesperada situación, Lázaro Gaylo, o sea yo, reaccioné con una celeridad e inteligencia que sería merecedora de condecoración si no fuera por el contenido quizá poco digno de mis palabras.
-¡Oro, joyas, plata! ¡en el Rosaura! -repetí incesantemente, y una a una las bocas fueron escondiendo los brillantes dientes y las negras caras solo enseñaban, entre la penumbra del local, blancos ojos que me observaban callados y brillantes.
-¡Dejad al caballego que se esplique! -pidió una voz con acento francés.
Dos manos me alzaron como a una pluma y me sentaron de un empujón en un banco. Una jarra apareció debajo de mis narices y frente a mí se sentó la persona más elegante que viera en un suburbio tal. Sombrero emplumado, bigote de puntas enrolladas y altivas, perilla recortada, guantes de seda y un aliento dulzón que me decía:
-Pergdone la mala educación de mis amiggos, mesiée. Soy Fleury, y siento ggan integés en el Gosauga y su pggeciosa cagga.
-¿Lo qué? -dije confuso por tantas egges.
-¡Su oggo, pagdiez! -gritó perdiendo la paciencia, y así entendí lo que era obvio: mi vida valía tanto como las posibilidades de conseguir ese oro para los bandidos y para ese gabacho de aliento perfumado y mirada altiva.

Quiñones, capitán del balandro Nuestra Señora del Bendito y Santísimo Sepulcro Sagrado de Jerusalén (de aquí en adelante, NSBSSSJ), navío de pequeño calado bautizado por él mismo, pasea cada vez más inquieto por la cubierta del barco, mirando a la entrada del puerto donde deberían aparecer los hombres del Rosaura, y al cielo donde empieza a clarear la negrura.
Después del saqueo del palacio de Moctezuma, Hernán Cortés les había dado una misión clara: llevar a su familia en España una pequeña parte del tesoro de Moctezuma. Les había hecho entrega de dos veloces balandros y de permisos de comercio para que pasaran desapercibidos a las autoridades reales, y les había ordenado la máxima celeridad y secreto. Sin embargo el gran comandante había cometido un error: nombrar jefe de la expedición al capitán equivocado, a Lázaro Gaylo. Sin duda era un valiente y un gran espadachín, Quiñones no se atrevería a negarlo, pero era un vicioso y había ordenado hacer una parada técnica en la Habana. La excusa era el abastecimiento de limones para evitar el escorbuto; el motivo real: la putas y el alcohol. Quiñones había ordenado a sus marinos que no acompañaran a los del Rosaura en la salida nocturna y ahora esperaba cada vez más inquieto su vuelta, cuando vio aparecer a un grupo de tambaleantes figuras con las espadas desenfundadas por la entrada del malecón, mirando constantemente hacia atrás. Hizo una compulsiva señal en el aire para espantar la mala suerte y bajó al muelle. Allí llegaron corriendo los hombres del Rosaura, hablándole todos a la vez.
-¿Entonces Lázaro se quedó allí? –preguntó una vez hubieron acabado su explicación.
-Sí señor, rodeado de bandidos, florete en mano.
-Debemos partir, entonces. En estos momentos debe estar negociando con San Pedro su entrada al cielo, o sufriendo los latigazos de lucifer, quién sabe. Debemos zarpar cuanto antes, no sea que las autoridades se enteren de la reyerta, empiecen los interrogatorios y descubran el cargamento. ¡Francisco Gómez! –dijo señalando al ex alguacil, el que menos pinta de canalla tenía de los hombres de Lázaro, sin saber que había sido el causante de todos los problemas-. Te nombro capitán del Rosaura. Id a bordo, izad las velas y pongamos agua de por medio.
Fran, Paco el sevillano y los demás tripulantes subieron al otro balandro a la carrera. Quiñones se santiguó repetidas veces, escupió por babor y tocó madera por estribor, gravemente inquieto por el giro de los acontecimientos. Mientras, sus hombres desplegaron velas, soltaron cabos y el NSBSSSJ se separó del muelle entre crujidos y susurros, pasando desparecibido a los adormilados guardias reales.
Los dos balandros abandonaron la Habana mientras el cielo se inundaba de claridad, el día del señor del 11 de noviembre de 1522. Cuando los balandros salieron del puerto, un bergantín de construcción francesa abandonaba los muelles y se deslizaba como felino tras ellos, surcando silencioso las olas y la bruma del amanecer.

ELIGE TU PROPIA AVENTURA

Eres Lázaro Gaylo, capitán del Rosaura y ahora preso en el bergantín del corsario Fleury, o Florín, como le conocen los españoles. Te encuentras en el castillo de proa junto al pérfido francés, que mira con su catalejo los dos balandros capitaneados por tu compañero el capitán Quiñones. Abatido, deseas con todas tus fuerzas que la presa se dé cuenta de que está siendo acechada, pero Florín se mantiene a prudente distancia y es solo un barco más entre el movimiento constante de navíos en los alrededores de la capital española de la Habana. Las velas del bergantín pirata están hinchadas sin formar arrugas y si miras al casco ves como surca las olas a por lo menos quince nudos. Fleury ha ordenado recoger velas para no adelantar a los balandros, que con este viento son mucho menos rápidos que el barco pirata. Son una presa fácil, piensas, y si no fuera por lo peligroso que es atacar cerca del puerto de la Habana, donde hay un tráfico constante de navíos militares imperiales, Florín hacía tiempo que ya los hubiera asaltado.
Oyes cómo a tu lado el corsario maldice en francés y contienes tu alegría al observar cómo se ven reflejos desde el balandro de Quiñones. Ves su figura en la popa contemplándoos con su catalejo, y observas complacido cómo los dos pequeños veleros cambian de rumbo. Florín maldice y golpea con furia la baranda de madera. Luego se gira hacia tí con la vena de la frente hinchada y palpitante bajo su peluca empolvada. Inconscientemente tragas saliva.
-Pagese que su amigo el capitán Quiñones sospecha de nosotgos. Si cambiamos de gumbo y les seguimos se sepagagán y huigán, y sólo podgemos captugag uno de los dos. Bien, mi quegido amigo Lasagoo, si nos ayudas a captugag los balandgos y hasegnos con el tesogo, pgometo que te dejagemos libge, sin ningún daño. ¿Aoga dime, donde os digigíais? ¿Cuál es el siguiente puegto en vuestga guta de navegasión?

QUÉ HACES
-Si le dices la verdad, que se dirigen a San Juan, pasa a la parte 3.
-Si le mientes y le dices que navegan hacia Santiago, sigue leyendo.
-Si le escupes a la cara y le llamas sucio corsario, para a la parte 2.

-1-

Navegáis durante días hacia Santiago. Los corsarios, animados por una brisa consante y la expectativa de apoderarse del tesoro, cantan animadas canciones con melodioso acento francés en cubierta. Te encierran en un camarote y se olvidan de tí. ¿Pero qué pasará cuando se den cuenta de que les has engañado? Miras el mar caribe con melancolía y te prometes vender cara tu vida. Al menos has salvado el tesoro del Comandante Hernán Cortés. Probablemente Quiñones con los dos balandros ya estén viajando mar adentro camino de Europa, cuando la voz del vigía de la cofa anuncia tierra. Divisáis la isla de Cuba, y tras unas horas navegando cerca de la costa descubres Santiago. Fleury ordena acercarse y echar el ancla a prudente distancia del puerto. Sin duda está intentando descubrir los dos balandros con el tesoro entre los barcos atracados. Calculas que, gracias a tu complexión delgada, quizá podrías salir por la estrecha claraboya, y ahora puedes llegar nadando a la costa, aunque si te descubren desde cubierta te volverán a capturar. Por otro lado el marinero que viene a traerte la comida siempre entra solo y no se preocupa de ti, a veces ni siquiera viene armado.

QUÉ HACES
-Si atacas al guardia cuando entre, ve a la parte 4.
-Si intentas huir por la claraboya, ve a la parte 5.

-2-

Cinco minutos después de haber escupido a la cara de Fleury te encuentras atado a dos largos cabos, uno en cada mano. Los marineros te rodean entre aullidos sádicos y divertidos y todo tú estás cuajado de escupitajos, como almendro en primavera. Pero sientes que tu honor está intacto.
-Os enseñaré como muere un hidalgo castellano.
-Nos enseñagás como muege un imbécil. ¡Pasadlo pog la quilla!
Los piratas te arrojan al agua y tensan las cuerdas. Coges aire en la caída y cuando estás sumergido te golpeas varias veces con la quilla del barco, que avanza lentamente sobre tí. Intentas en vano desatarte, pero los nudos marineros te aferran con firmeza por cada lado y te mantienen bajo el barco. Sabes que hay personas que han aguantado la respiración lo suficiente para sobrevivir a esto, pero sientes que tus pulmones van a estallar…

FIN

-3-

Gracias a tu información Fleury navega a toda vela hasta San Juan, y espera atracado en una bahía hasta que los dos balandros aparezcan. Cuando Fleury ve que los barcos se acercan al puerto ves que se alegra enormemente. Aprovechas el momento y te acercas a él.
-Honorable capitán Fleury, como veis yo he cumplido mi palabra. Ahora cumplid vos la vuestra y liberadme, os lo suplico.
-Mi quegido Lasago, soy un hombge de honog y le libegagé, pego no ahoga. Disculpadme si pienso que ha colabogado con nosotgos pog miedo. ¿Cómo sé que cuando esté en San Juan no alegtagá a las autogidades españolas de nuestga pgesensia?
-Yo le doy mi palabra…- te apresuras a decir, pero Fleury te interrumpe.
-Lo siento, quegido amigo, pego nos acompañagá hasta que tengamos el ogo. Tiene mi palabga de que le dejagemos libge.
Pasan dos días mientras los piratas esperan que los balandros vuelvan a salir del puerto, y siempre estás buscando oportunidades para fugarte, pero el marinero encargado de vigilarte no te quita ojo, y cuando estás encerrado en el camarote la fuga es imposible.
Los balandros salen del puerto y Fleury reanuda la persecución, y en cuanto estáis lejos de San Juan, navegando entre innumerables islas desiertas y apartados de la civilización, Fleury lanza la orden:
-¡Fuego a las velas del balandgo mas cegcano!
Una salva de bolas encadenadas, ideales para rasgar las velas y ralentizar la marcha, vuela desde el bergantín pirata, pero cae baja. No rasga las velas pero barre la cubierta del Rosaura, segando muchas vidas. Los balandros se apresuran a huír pero Fleury se acerca a buena velocidad. Ves la figura de Quiñones contemplándoos desde popa y te ocultas detrás del palo mayor: si te viera pensaría que eres un traidor, y nada más lejos de la realidad… Como el bergantín pirata se les echa encima, Quiñones se adentra en una zona de arrecifes y se dirige a una isla. Feury ordena virar para no romper el casco de su navío, de mucho mayor calado. Lanza maldiciones con los ojos inyectados en sangre y golpea la baranda de madera de tal modo que te alegras de no entender francés. Ordena disparar una nueva tanda de metralla y acierta de lleno en los dos balandros que están encallados en la arena de una pequeña cala. Los piratas lanzan maldiciones mientras ven como los españoles huyen de los dos pequeños veleros hacia la selva cargando pesados bultos.
-¡No os pgeocupéis! Hundigemos a cañonazos los velegos desde aquí, y así estagán atgapados en la isla. ¡Son nuestgos!
Con varias andanadas el barco pirata, con toda la vela recogida y el ancla echada, se dedica a agujerear a cañonazos los dos veleros varados en la cala tras los arrecifes, hasta que los cascos estas completamente destrozados. Los españoles están sin embargo a salvo, y sabéis que han descargado decenas de pesados baúles a tierra…
Al caer la noche Fleury te hace llamar. Cuando entras en su camarote notas inmediatamente que está borracho. Mientras un marinero os sirve la cena, Fleury te habla de su familia en Francia, de su negocio de armador heredado de su padre, de lo marinero que es su barco, de lo solo que se siente a bordo, de cómo le desprecian sus hombres por no haberse hecho aun con el oro de Hernán Cortés, y después se pone a decir palabras inineteligibles con la barba casi metida en el vaso de vino y la empolvada peluca caída hacia un lado. Casi despierta ternura en tí cuando con los ojos vidriosos te regala una botella de vino y te promete, no solo que te liberará, sino que te dará una parte del botín, como a cualquier otro marinero. Cuando el pirata que te vigila acude, Fleury le dice que no te lleve al camarote, que te deje libre por el barco.
-Pero capitán, podría escaparse.
-¿Aquí, junto a una isla desiegta? Ni siquiega podgía llegag a la costa nadando pog los aggecifes, ¡hip!
Durante unas horas el marinero no te pierde de vista mientras tu paseas por cubierta o comes galletas mohosas. Cuando finalmente se duerme te asomas por la borda, pero no te atreves a lanzarte al agua: la luz de la luna ilumina las olas que golpean las afiladas rocas y corales del arrecife. Si intentaras nadar a la isla de noche te destrozarías antes de llegar. Finalmente el efecto del vino te termina de adormecer y te duermes tras una larga soga enrollada…
Y te despiertas oyendo murmullos inquietantes. Tras el montón de soga que te oculta oyes a innumerables voces que susurran palabras cargadas de violencia. ¡Un grupo de piratas, enfadados con Fleury por no haber conseguido aún el tesoro, planean un motín! Oyes que deciden bajar a la santabárbara a apoderarse de las armas, y cuando se han ido te levantas de un salto. Corres hacia el camarote de Fleury. Por el camino encuentras un pirata dormido y le robas el sable. Llegas a la puerta del camarote en un instante y la abres de un golpe. El honorable Fleury se incorpora en su camastro con un gorrito de pijama con borla en la punta, completamente atónito.

QUÉ HACES
-Si le adviertes de que se prepara un motín contra él, ve a la parte 8.
-Si le atacas gritando “¡abajo el capitán!”, pasa a la parte 6.

-4-

Al oír que se acerca el guardia te escondes detrás de la puerta y cuando está de espaldas le golpeas en la cabeza con un sextante. Robas la espada de su cuerpo inerte y subes las escaleras hacia cubierta. Intentas saltar al agua pero pronto te ves rodeado de piratas que te acorralan contra el castillo de popa. Apoyada la espalda contra la madera, te preparas para vender cara tu piel.
-¡Matémoslo! -grita Fleury desenfundando con furia.
Consigues herir a un par de marineros pero finalmente las estocadas que te lanzan desde la distancia te provocan heridas superficiales que te debilitan. Finalmente la punta del florete
de Fleury te alcanza en la muñeca y dejas caer tu arma. Lanzas una última mirada al océano brillante antes de que la vida se te escape a borbotones por las heridas…

FIN

-5-

Miras por la claraboya y no puedes creer en tu suerte: un pequeño pesquero a la deriva se acerca hacia el velero. La barquichuela tiene un palo y una vela recogida y el pescador está sentado con las piernas colgando hacia la playa, sin darse cuenta de que cada vez flota más cerca del bergantín. Primero pasas un brazo para no atascarte por los hombros y después pasas la cabeza, sintiendo que te arrancas las orejas. Cuando crees que te vas a quedar atascado, aciertas a encajar tu pie en el armario del camarote y te impulsas lo suficiente como para cruzar la estrecha claraboya. El palo del pequeño pesquero pasa junto a tí, de modo que te agarras a él y te dejas deslizar suavemente a cubierta de la barca. El pescador, un colono pobre que debe rondar la cincuentena, debe haberte oído posarte porque se gira y te mira asombrado.
-Ehh… ¿me podría llevar a puerto por favor?

Cuatro meses después estás en el despacho de Hernán Cortés, recibiendo una dura reprimenda. El gran capitán da vueltas por la habitación como fiera enjaulada y se atusa la espesa barba con furia. Sabes que cuando se pone así puede ser terrible.
-¡Cómo se te ocurrió contarle todo a esos ladrones de la Habana!
-Señor, mi vida corría peligro, pero luego les despisté…
De repente se detiene ante tí y te mira fijamente. Su mirada parece más sosegada, pero no puedes evitar tragar saliva.
-Está bien, los dos barcos llegaron finalmente a puerto. Escúchame bien, no puedo permitir que sigas sirviendo en mi tropa, porque mis hombres pensarían que cualquier error es perdonado. Sin embargo sé que me has servido fielmente. Recibirás tres pagas como despedida.
-Sí señor. Gracias señor. Ha sido un placer servirle, señor.
Hernán Cortés te hace un gesto vago de despedida y se sienta a su mesa ordenando papeles.
Sales de allí maldiciendo la vida de soldado. Recibirás al menos setecientos escudos, pero ese dinero pronto se acabará. ¿Deberás pensar en invertir el dinero en comprar una tierra y buscar una buena mujer en tu pueblo de la extremadura profunda? ¿O intentarás alistarte al tercio que se está organizando para partir hacia Flandes?
En cualquier caso eso ya es otra historia.

FIN

-6-

Te avalanzas sobre el capitán, y él, sin salirse de la cama te golpea con lo que tiene a mano: una botella de ron. El duro cristal te raja la boca y notas como varios dientes saltan de su sitio.
-¡Pag…diez! -balbucea Fleury cuando le atraviesas con tu espada.
Cuando los amotinados llegan al camarote y ven que has acabado con él te vitorean y te cogen en hombros por la cubierta.
-Ño ez dada -dices con modestia.
-Estábamos hartos de servir al rey de Francia -te dice el líder de los marineros-. Si firmaba la paz con España o Inglaterra no podíamos atacar sus navíos, y por supuesto nunca a los franceses. Además teníamos que entregar una quinta parte del botín a la corona. ¡Ahora seremos libres! -grita, y le corean aullidos entusiasmados-. Queremos que seas uno de nosotros -dice, y su mirada brilla de inteligencia-. Si nos resultas útil para engañar a los españoles, cuando dividamos el botín en montones iguales podrás escoger tú mismo el primero.
Rodeado de piratas no puedes menos que aceptar. Como aparece la primera claridad por el este todos se juntan en corro a beber entre canciones y a preparar la expedición a tierra. Están distraídos preparando sus espadas y mosquetes para la previsible pelea con los españoles y nadie te hace caso. Además ya no hay casi oleaje y empieza a haber luz como para llegar a la isla andando por los corales.

QUÉ HACES
-Si te fugas aprovechando el momento, pasa a la parte 10.
-Si ayudas a los piratas a apoderarse del tesoro, sigue leyendo.

-7-

-Oz ayudadé a conzeguid ed tezodo -dices, sabiendo que el oro te ayudará a pagar una dentadura nueva.
Bajas con los piratas a la isla y descubrís que los soldados españoles se han refugiado en uno de los balandros atracados en la orilla. Sería muy difícil tomarlo al asalto, de modo que apareces a la vista de los españoles. Todos te miran asombrados, y ves que Quiñones se santigua, toca madera y escupe varias veces pensando que eres un fantasma. Tú les dices por señas que te dejen subir, y finalmente salen de su asombro. En el momento en que te tienden la pasarela los piratas matan con disparos certeros a los que custodian la entrada, surgen aullando desde la vegetación y suben al asalto por la pasarela. Cuando tú accedes por la tabla al velero ya ha acabado la pelea y observas con horror los cuerpos de tus antiguos compañeros.
Unas horas después todo el tesoro está cargado en el velero pirata. Durante horas los piratas discuten y elaboran cuarenta y tres montones con objetos de igual valor, teóricamente, y después juegan a los dados a ver en qué posición les toca escoger montón. Pero los amotinados son fieles a su palabra y como puedes escoger el primero, eliges un solo objeto que vale más que cualquier otra parte de botín: el cetro de Moctezuma. Coges la vara de oro con incrustaciones de lapislázulis y amatistas, y haces cálculos mentales de lo que te darán por ella en España. Probablemente, sólo el diamante que corona el cetro te permitirá comprarte una mansión inmensa. ¡Eres rico!

FIN

-8-

Fleury muda su rostro y parece haber perdido su borrachera en un instante. Coge su florete y sale llamando a sus hombres a voces. Pronto los fieles al capitán se organizan en cubierta, y cierran el portón de la santabárbara dejando atrapados a los amotinados.
-¡Jaja! Están vencidos. No os pgeocupéis, mañana se gendigán pog hambge.
Efectivamente, al día siguiente los amotinados entregan sus armas y son encerrados con grilletes en la bodega. Ves que Fleury está radiante de felicidad esa mañana, mientras contempla cómo dan cien latigazos al líder de los amotinados. Tan feliz le ves que te atreves a acercarte a él y decirle:
-Perdone capitán, quisiera saber si al final me liberará, como me prometió.
Fleury te mira manteniendo la misma sonrisa macabra e inquietante con la que miraba los latigazos…
Cuando las barcas de piratas encallan en la playa te tiran al agua, y atado como vas con cadenas consigues a duras penas incorporarte sobre la espuma de las olas.
-Fleury siempge cumple con su palabga, ¡Eges libge, idiota! -dice golpeándote en la boca y rompiéndote varios dientes.
-Ezto no ez juzto -mascullas indignado.
-Y los demás -dice Fleury ignorándote-, vamos a buscag a esos espagnoles y su ogo. ¡Adelante!
Los fieles a Fleury ríen, te empujan y luego se internan en la isla. Corres en otra dirección a toda velocidad deseando encontrar a tus compañeros antes que los corsarios, y tu ropa se engancha en la vegetación tropical desgarrándola.

(sigue leyendo la siguiente parte )

-9-

Extraños pájaros cantan a tu alrededor y los últimos mosquitos de la noche zumban en tus oídos mientras avanzas sin rumbo por la isla, preguntándote cómo encontrar a tus compañeros. Al poco rato te sientes débil y agotado de correr. Finalmente entre las ramas de las palmeras ves que en el centro de la isla se eleva un cerro, y piensas que quizá desde allí podrás tener una visión general de la isla y con suerte averiguar dónde se han refugiado tus compañeros.
Muy cerca de la cumbre, en una zona de espesa vegetación topical, oyes ruido de paladas. Te acercas con cuidado y ves al grupo de supervivientes, unos veinte marineros, tapar con arena un gran agujero al pie de una gran piedra con forma extraña. Estás tan agotado que te acercas a ellos tambaleante, diciendo:
-¡Abigoz, zoy yo, Dázago, ayudadbe!
Quiñones se gira y te mira. Ves extrañado que se le desfigura la cara y se santigua, y luego, con cara de pánico grita:
-¡Un fantasma! ¡Es el fantasma de Lázaro!
Y echa a correr. Todos los demás te miran y le siguen aullando de terror por la selva. Mientras recuperas el aliento te miras las cadenas, los harapos y las heridas y entiendes que ha sido tu aspecto el que les ha asustado. Intentas seguirles corriendo pero están descansados, y cuando oyen que te acercas renuevan la huída con gritos de pavor.
Decides volver a subir y desde la cumbre del cerro oyes descargas de mosquetes y gritos de lucha, sin duda se han encontrado los dos grupos. Decides prudentemente no acercarte, tampoco podrías hacer mucho en el estado en que estás. Cuando se acaba el ruido de lucha y los loros vuelven tímidamente a graznar, bajas con cuidado a la selva. Encuentras el lugar de la pelea y ves sólo cadáveres de tus antiguos compañeros. El supersticioso Quiñones, Fran, Paco el sevillano… todos han muerto. Han luchado hasta la muerte, piensas con orgullo, y no se han dejado capturar. ¿Pero y los piratas? Durante dos días recorren la isla buscando el tesoro, y tú te ocultas entre las ramas de una alta palmera junto al lugar donde está enterrado el tesoro. Una vez pasan muy cerca de la piedra de forma extraña, pero no encuentran el tesoro. El tercer día montan en su barca y vuelven al velero. Les miras escondido desde la orilla, a tiempo para ver cómo la barca lleva a los últimos hombres a bordo del bergantín. Por un lado temes quedarte solo en la isla, pero sabes que si les llamas te matarán, o peor aún, te torturarán. Has visto un arroyo de agua y animales, y algún mosquete en el lugar de la batalla: podrás sobrevivir allí. Además, aunque estés solo en esta isla desierta, eres inmensamente rico…

FIN

-10-

Observas a tu alrededor y cuando nadie te mira te descuelgas por la borda hasta el agua. Buceas el primer tramo y cuando notas que tienes rocas debajo de ti avanzas apoyando los pies en el fondo. A pesar de no haber olas y de que avanzas con cuidado, te golpeas varias veces y raspas tus piernas y brazos contra las afiladas rocas. Cuando llegas a la playa las heridas te sangran y te duelen por la sal, y tu ropa está hecha jirones, pero no te han visto, y corres agachado hacia la espesa vegetación.

(sigue leyendo la parte anterior)

 

 

 

Tras los pasos de Vuluma. Trilogía de la Ciudad Maldita – 1

(Fantasía épica, pre-histórica. Enero 2017. 65 mil palabras)

shevek indignado

Esta novela la publiqué con el seudónimo de Oscar Mazo. Pero soy Shevek, ¡Shevek! no lo olvides

Mapa de Valle Musgo en color para descargar

Introducción a la segunda edición

Conseguir: en papel (9€)  / para kindle (1€) / en pdf (gratis)


SINOPSIS

Una devastadora plaga de langosta, sumada a una interminable sequía, provocan un éxodo masivo en la llanura de pueblos agricultores. Los abidankos viajan en agonizantes caravanas en busca de nuevas tierras.

Una parte de ellos huyen del hambre y la sed hacia Kelgaria, cordillera de dragones, un país montañoso habitado por tribus nómadas que desprecian la agricultura y la ganadería. Magilo, mercader especializado en escamas de dragón, huirá con su familia esperando ser acogido por sus salvajes amigos. Pero para que la tribu Búho les admita, su hija Kuma deberá unirse con Orinume, un joven cazador con dotes de líder.

En la columna de refugiados que se dirige al sur, en medio de esa huida desesperada y caótica por la supervivencia, aparecerá un profeta guerrero que traerá la estabilidad a un alto precio. El nuevo orden social, basado en castas y en la dominación de la mujer, será aceptado por una sociedad desestructurada que ante todo anhela seguridad.

Ese reino que está forjando el falso profeta comenzará a crecer mediante la esclavitud y la guerra amenazando con devorar a la naturaleza, las tribus libres y todo lo vivo y bello del mundo conocido. Kuma, Orinume, y su hermano Rigahe, un hosco jinete de dragón autoexiliado de la tribu, no podrán vivir ajenos por mucho tiempo al mal que les rodea, y decidirán luchar antes de que sea demasiado tarde.

Guía para Dune – Elige tu propia aventura

Aquí tenéis qué hay que hacer para llegar a la parte final del juego, que nadie se quede atascado, ¿eh? ¡Disfrutadlo! y buscad el final autoritario y el antiautoritario del juego 🙂

(¡peligro, de aquí en adelante spoiler total!)

tuono-clam-2Nada más desembarcar de la nave, me echo a dormir y tengo un extraño sueño profético. Voy a visitar las cuevas fremen, pero antes hago una visita a Thufir Hawat, el Mentat de la familia, en la Sala de Comunicaciones. Thufir, tras hacerle unas preguntas, me aconseja buscar contrabandistas entre los fremen a los que poder comprar cosechadoras y alas de acarreo.

En Arrakeen – Timin encuentro a Gurney Hallek, que me aconseja preguntar por los destiltrajes. Contengo su impaciencia y volvemos a entrar en el sietch para convencerles de que se unan a la causa contra los Harkonen. El líder acepta gustoso (Gurney se lo ha trabajado), y toda su tribu comienza a extraer la valiosa especia para nosotros. Cojo el orni y vuelo hasta Arrakeen – Harg. Allí el líder se muestra dudoso pero tras pedirle a Gurney que le termine de convencer (usando inventario) tengo finalmente a toda la tribu extrayendo especia para la casa. Observo que tiene extraños objetos más propios de un comerciante espacial que de un fremen de las arenas, y tras preguntarle me indica dónde puedo encontrar a los contrabandistas. Una vez en el poblado clandestino consigo comprar las valiosas cosechadoras al intrigante contrabandista y salgo de allí un poco mosca tras escuchar extrañas historias sobre la leyenda de Muad Dib, el libertador de Dune. Una vez en Palacio oigo los mensajes del Emperador, cojo la quesera vacía en el gran salón de recepciones y voy a hablar con mi padre, el Duque Leto. Rechazo su idea de esclavizar a los fremen y me dirijo a las habitaciones de mi madre. Ella me explica que los fremen me toman por una especie de líder mesiánico libertador, ya que están siendo manipulados religiosamente por las Bene Hesserit desde hace generaciones. Me dice también que ha encontrado un jardín oculto dentro de palacio, seguramente una excentricidad de los antiguos ocupantes Harkonen. En el jardín respiro humedad ¡y vuelvo a estar rodeado de vegetación! Tras relajarme un poco en tan bello lugar, utilizo mi quesera para coger una de las rosas y poder conservarla húmeda, un tiempo al menos. Voy corriendo a entregarla al fremen de Arrakeen – Tuek. Al verla y escuchar mi promesa de convertir Dune en un vergel, cree firmemente que soy el elegido del que hablan las profecías, y me indica dónde puedo encontrar a Stilgar. ¡Mientras vuelo hacia Tuono Clan el Palacio es atacado! Toda la casa Atreides ha sido barrida, solo yo puedo vengar a la familia destruyendo al barón Harkonen y al traidor del Emperador. Pero ahora tengo problemas más acuciantes: mi orni ha sido derribado en medio del desierto y a mi alrededor solo hay filas y filas de dunas hasta el horizonte, y un sol abrasador sobre mi cabeza…

A partir de aquí no cuento más, que es el clímax del juego ¡juasjuasjuas! deberás salvar el universo tú solito

Puedes bajar el juego gratuitamente aquí

El hielo – relato erótico

Publicado en cuatro entregas en Sttorybox, una web magnífica donde cualquiera puede colgar su historia y puntuar y seguir la que le guste. Para mí Sttorybox ha sido un gran descubrimiento, ¡y también un reto!, porque te obliga a hacer buenos comienzos, que enganchen, para que los demás te puntúen al menos con tres “me gusta” y poder así continuar la historia.


Cuando Sara se shieloentó a la mesa parecía de lo más normal. Es decir, estaba más morena, y sus ojos brillaban de emoción al contarme cada detalle de su viaje a Túnez. Pero algo raro, perturbador, pasó por su mente cuando el camarero le ofreció hielo para su café. Tras medio segundo de parálisis lo aceptó y empezó a gesticular más rápidamente, su pecho subía y bajaba con rapidez y su rostro se sonrojó completamente.

Yo actué normal y no le pregunté nada, y en pocos segundos su interminable plática pareció calmarla. Yo disimulé, miré para otro lado, cogí un palillo, le hice una pregunta sin importancia. Ella se sintió segura en su secreto, se le notó mucho. Sé que Sara es un ser lujurioso pero no puedo creer que me haya sido infiel. ¿O se tratará de otra cosa? El misterio me tuvo absorto el resto del día hasta el punto que ella me dijo:
-Te veo raro, Miguel, ¿seguro que te alegras de verme?
-Claro que sí, amor- contesté con mi mejor sonrisa, pero la sombra de la infidelidad le dio a mis palabras un silbido reptiliano.
Pero esta noche lo averiguaré. ¿Os dije que habla en sueños? Ese es mi secreto.

Como os iba contando (les dije a los compañeros de barra), a la hora de la cena, aún con su maleta abierta en el salón y el gato rozándose con su pierna color café, no paré de ofrecerle vino: esto hacía más probable que, cuando durmiera, el fluir de sus pensamientos se convirtiera en palabras susurradas. Pensaréis que soy un canalla, pero no es así: amo la verdad por encima de todo, y es por eso que escucho los pensamientos íntimos de mi mujer, que, hay que decirlo, los ofrece al mundo sin que nadie se los pida, ella es así. No tiene nada de censurable escucharla, ¡casi diría que es un acto de justicia! (un par de cabezas asintieron, demasiadas esperaron que continuara sin más, en fin…)
Nos pusimos el pijama y nos cepillamos los dientes a la vez, mirándonos al espejo, y no pude evitarlo, quizá por el vino que ingerí para animarla a beber, quizá por la expectación que me creaba su inminente fase REM, empecé a bailar. Una danza grotesca, pero muy alegre, consistente en dar saltitos y golpes de culo a culo, a la vez que tarareaba una canción que para ella debía resultar ininteligible. Al momento ella  se animó y ya éramos dos haciendo el indio frente al espejo. El enemigo está confiado, pensé mientras me enjuagaba, y sonriendo ampliamente entré en la cama. Lo que no había sospechado es que ese baile inocente había activado ciertos resortes químicos en ella, y cuando encendía la luz de la lamparita me la encontré inesperadamente encima de mí, ronroneando igual que el gato y mordiéndome una oreja.
No es mi intención entrar en detalles picantes, bien sabéis todos que soy un hombre de bien (todos los demás parroquianos apoyados en la barra asintieron y bebieron, curiosamente a la vez). El caso es que practicamos, en fin, ya me entendéis…
-Vamos que la Antonia mordió la almohada- dijo Pepe el camarero, provocando sonoras carcajadas entre la audiencia, hasta hace un momento completamente entregada.
-PuesssÍ- dije, por qué no reconocerlo, algo picado- Pero está mal que tu lo digas.
-Pues dilo tú- dijo otro, el listillo, ains, provocando nuevas risas- que nos cortas lo más interesante de la historia.
-¡Callaos! El caso es que con el vino y con el gustito postcoital… me quedé dormido.
Ahora la jocosidad había desaparecido de las caras, todos me miraban con asombro.
-Amos no jodas, qué cuento te tienes- dijo Pepe sonriendo junto a nosotros, y finalmente se fue a atender a dos guiris que en la otra punta del bar llevaban gesticulando desde que empecé la historia, demostración de que el desprecio de Pepe es fingido y que, como todos, desea desentrañar el misterio del hielo.
-De verdad que ha sido así- dije a las miradas escépticas y las medias sonrisas que entreveía tras los culos de las jarras.- Al despertar he visto que ella ya se había ido a trabajar, se me escapó la oportunidad. ¿Qué puedo hacer?
-¿Por qué no se lo preguntas directamente?- dijo Pepe que ya estaba de vuelta, con su simplismo y su sonrisa de superioridad, siempre unidas. Arg.
-Pues no, listillo, porque me mentiría, y quiero pillarla en un arrenuncio. Además tengo un plan.
-¿Cuál?- preguntaron todos a la vez.
-Le voy a ofrecer un hielo- dije con una sonrisa triunfal.

Sara se encontraba sola en casa, aburrida en su sofá. Apagada la tele con hastío, su mente volvió a las dunas interminables, a los tés humeantes de penetrante olor,… y al cuerpo musculoso de Afrin.

Cuando la abordó ella sintió un poco de miedo, pero enseguida se sintió segura. Estaba en el centro de la ciudad de Túnez, en medio de las tiendecitas abarrotadas de nativos y turistas no podía correr peligro.
-De dónde eres?
-Española, ¿por?
El hombre la miraba con ojos tranquilos, y sus movimientos calmados y cierta sonrisa tímida la tranquilizaron del todo.
-Estoy aprendiendo inglés, pensé que eras inglesa, con esa melena rubia.
Ella soltó una carcajada.
-Bueno, no se me da mal el inglés.
Cinco minutos después estaban tomando un té en una cafetería del centro, pero el saloncito interior era un sitio recogido, íntimo. Ella se sentía tremendamente atraída por aquel tunecino de palabras envueltas en misterioso acento árabe y piel oscura, de mirada que la desnudaba, y de sus continuas insinuaciones, a las que ella respondía con una risa que cada vez, no podía evitarlo, era más nerviosa. Pidieron algo de comer, ella dejó que escogiera, era su “guía indígena” (así lo afirmaba él con esa extraña sonrisa seductora), y cuando el camarero se fue él giró la cabeza y la cazó mirando sus musculoso brazo. Ella miró para otro lado, azorada.
-¿Hace calor, verdad?
-Aquí siempre hace calor. Pero tenemos remedios para eso.
-¿Cuáles? preguntó ella volviendo deprisa la mirada y el interés.
Él por toda respuesta cogió el hielo de su café y lo chupó mirándola a los ojos. Si eso la puso nerviosa, más aún lo estuvo cuando el bajó su mano debajo del mantel, y más aún cuando notó un frío intenso que la acariciaba allí donde todo era ya agua. La pareja que se sentaba junto a ellos probablemente se dieron cuenta de todo, y quizá por eso fue el mejor orgasmo de su vida.
Después de ese día siguieron otras noches con Afrin, doce exactamente, lo que quedaba de estancia en el hotel.
Ahora ella recordaba esos momentos y su mano masajeaba su clítoris cada vez más rápido, su cuerpo se deslizaba por el sofá como una culebra.
-Afrinn….-susurró.
En ese momento sonó la cerradura de la puerta. Ella se recompuso como pudo y se levantó a recibirle.
-Que tal el día?
-Pues como siempre- dijo él preparando café, con una extraña mirada. ¿Se habría dado cuenta de que estaba masturbándose cuando había llegado?
Ella se sentó y encendió la tele, intentando calmar su respiración y deseando que sus pezones dejaran de marcar la camiseta. La verdad es que no le apetecía nada hacerlo con su marido. ¿Por qué tenía todo que ser tan complicado? Cuando llegó con las dos tazas humeantes ella había tranquilizado su respiración y en su mente pasaban solo focas y ballenas del documental que estaba viendo, muy frío y poco fálico todo. Pero su recién lograda compostura se derrumbó cuando el dijo con evidente malicia, enarbolando una pinza con un cubito:
-¿Quieres un hielo?

-Pues, Miguel, mira, no te lo quería decir porque me parecía ridículo pero…- dijo ella pensando rápidamente e intentando controlar la sangre latiendo fuerte en sus mejillas- en Túnez aprendí un nuevo truco de belleza, con un hielo, esa es la verdad.- Dijo y calló mirando a sus ojos, temiendo encontrar la duda o una horrible carcajada, pero Miguel únicamente la miraba con los ojos muy abiertos y la cabeza algo ladeada, como con cara de oso panda.
-Te lo explico- dijo ella recomponiéndose y moviéndose ligeramente para adelante.

Ante la perplejidad de su marido, cogió el hielo de su pinza, y poniendo su cabeza hacia arriba, puso el hielo en la punta de su nariz.
-¿Ves? Se hace así, y no te lo quería decir, pero te vendría muy bien hacerlo todos los días, ayudaría a quitarte esas… venillas.
-¿Venillas?- dijo el aún desconcertado, ahora incluso asustado.

Al día siguiente Miguel está con sus amigotes en el bar, sentados en las mismas posiciones que llevan ocupando durante años. Pero esta vez tiene un hielo derritiéndose en la punta de la nariz, y salvo él todos parecen muy divertidos.